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Historias y malicias de un cazador viejo

ISBN: 978-84-942791-6-4
Formato: 13 x 21
Nº de páginas: 172
Encuadernación: Rústica con solapa
PVP: 15,00 €

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Prensa

Después de sus exitosos libros sobre historias menudas de la tierra que le vio nacer y espurrirse, Ignacio Redondo vuelve a la carga con un delicioso anecdotario sobre el noble arte de ir de caza y de cuantos sucesos rodean una de las primeras actividades humanas. Aparte del conocimiento del medio y de los múltiples pensamientos que jalonan la escritura, el libro es una montaña rusa en donde se suceden sonrisas y carcajadas. Las malicias que aquí se cuentan son muchas y bastantes relacionadas con aquello de: "si quieres ser cornudo, anda de caza a menudo".

La caza hominizadora

 

Los seres humanos, pertenecientes al orden zoológico de la especie de los primates, se caracterizan por ser omnívoros; es decir, en sus hábitos culinarios practican la polifagia extrema, viven a cuenta de depredar a numerosas especies vegetales y animales, cualidad que comparten con los cerdos, mamíferos paquidermos de cabeza grande y orejas caídas, un suido paticorto que también devora casi todo lo que encuentra. Los bioantropólogos consideran que revisando la línea filogenética de nuestra especie, los primeros homínidos fueron carroñeros, respecto a la dieta cárnica, y herbívoros; no obstante, al homo habilis y, sobre todo, al erectus ya se le atribuyen cualidades no sólo recolectoras sino también las propias de cazadores y depredadores.

Al margen de estas consideraciones, los restos fósiles demuestran que 1.600.000 años atrás los homínidos eran cazadores y, en la medida que fueron domesticando plantas y animales, los colectivos humanos se especializaron en agricultores, ganaderos y cazadores, si bien cada especialización no implicaba una tarea o dieta exclusivas sino acordes con la actividad principal.

La depredación, por lo tanto la caza, siempre estuvo presente en la dieta humana, sea en exclusiva o como complemento, sea por necesidad o por diversión. En los primeros pasos de la especie humana la caza, pues, supone un progreso onto-filogenético que va más allá de las necesidades carnívoras. La relación mano-cerebro, el bipedismo, la lectura y comprensión de los movimientos y comportamientos de la presa, el manejo del arpón, la maza, picas o jabalinas, dagas o propulsores, azagayas, arcos-flechas u otros útiles significa un progreso técnico singular y demostrativo que arranca en la cultura del guijarro (peble culture); mas no son sólo los instrumentos, se debe tener en cuenta los pertinentes rituales en pro del éxito o de la gratitud y cómo contribuyen a la vinculación entre los componentes del clan. Es decir, se perfilan una sociogénesis organizativa y un paleolenguaje. Se coordinan la cooperación y las habilidades para una ingesta necesaria que se enriquece cuando se logra el dominio del fuego.

Tras la dialéctica de la caza se puede seguir el hilo evolutivo de la especie humana como depredadora y organizadora de una economía empeñada en satisfacer necesidades o para manifestar su pulsión estética. Gran parte de las expresiones pictóricas primigenias de nuestra especie se explicitan en escenas de caza o zootaxias.

Esta actividad conjuga tal cantidad de elementos que difícilmente se podría entender el resultado evolutivo logrado por la especie homo sin tenerlos en cuenta. Ciertamente la actividad cinegética contribuyó decididamente a la cerebralización y a la juvenilización cultural crecientes de la especie humana, a la hominización, a la ocupación del espacio terráqueo y al dominio sobre las otras especies que lo habitan. Por otra parte, la actividad cazadora implicaba al clan y la abundancia o escasez de caza definían la permanencia o la movilidad. Esta combinación máxima de variables, y todas destinadas a la pervivencia de la especie, obligaban al adiestramiento, aprendizaje y transmisión de contenidos, así como a combinar experiencia y habilidad, a la adquisición de conocimientos ecológicos y a la complicidad y fortalecimiento de la cohesión del grupo o tribu. Cohesión que, además, favorecía y fortalecía los sentimientos de pertenencia y membracía de cada individuo frente a su grupo. La riqueza pictórica de las cuevas cántabras o del Levante, más la abundancia de fósiles hallados en Ambrona o Torralba (huesos de mamuts y resto de fuego), por ejemplo, demuestran la actividad febril y fabril del homo erectus en la Península Ibérica, que ya es un referente internacional en la investigación paleográfica.

Señaladas algunas características del alto valor antropológico de la caza en los orígenes de la humanidad, se reconoce su valor en la dieta o ingesta, así como la significación de una actividad que suponía combinar numerosos elementos cognitivos y experienciales que intensificaron el ritmo de la evolución. Llegados al denominado período histórico, salvo casos aislados de pueblos o comunidades apartadas, la caza deja de ser actividad esencial, máxime tras la sedentarización de los pueblos, pasando a ser complementaria o recreo ocioso de las clases más pudientes, sin olvidar que para muchos pueblos pervive como modus vivendi. En la actualidad, en nuestros territorios, la caza es deportiva o actividad vinculada al ocio. Una actividad regulada legislativamente a la que se agrega la normativa que se imponen los asociados a colectivos o grupos de interés y que cuenta con numeroso recursos ventajosos sobre la pieza a lograr; de ahí que con frecuencia, y una vez adquiridos los medios que el mercado propone, la afición se impone a la destreza y a la habilidad compartida. Desde esta atalaya y llevando al límite la clasificación, en la actualidad, podemos dividir a los individuos aficionados a la caza entre cazadores y depredadores innecesarios u hostiles ecológicos ajenos al respeto al medio.

Sin abundar en la polémica entre quienes no entendemos la caza como ociosidad y los defensores de una costumbre ancestral cargada de intereses económicos u otros más espurios, de modo generalista se debe reconocer su valor filogenético. Aún más, si nos acercamos al texto de Ignacio Redondo, "Nacho de Sueros", también podemos caminar por las lindes de la etnografía. Con prosa ágil y vigorosa, rápida en guiños y semblanzas, el autor nos ofrece una sarta o "cartuchera" de anécdotas propias y alguna referida al cazador activo y respetuoso. Leyendo las consideraciones que hace el autor de los "orejudos" (liebres y conejos o de las aves de pluma: perdiz, paloma torcaz y codorniz, excepto de la "pega") y las reflexiones amicales de sus acompañantes, los perros, se observa una actitud respetuosa con estos seres. De este modo tras la lectura de este rosario de recuerdos y experiencias bien podemos sonsacar numerosas enseñanzas.

En primer lugar se ha de valorar el empeño de un cepedano por dar cuenta de un modo de vivir que ya se está agostando en nuestra región. Ignacio desea dejar testimonio de una parte de nuestra historia, anhela dejar por escrito una modalidad y unos personajes que han estado ahí. En segundo lugar, con sus escritos y reflexiones pone en patena a una comarca altamente olvidada, La Cepeda, y a otra próxima, la Valduerna. En este y en libros anteriores éditos, entre el humor y la ironía, existen intenciones informativas y formativas. El autor reiteradamente logra arrancar una sonrisa y, para quienes somos y conocemos el lugar, provoca añoranzas. Supera la melancolía posible de quienes crecimos por valles y oteros pastoreando ganados propios y veceras y asistimos, en la infancia y durante las largas veladas invernales a los relatos de nuestros mayores referidas a sus avatares cinegéticos, a cuentos sobre pérfidos lobos. La velada se terminaba con la proposición cazadora por parte de algún asistente, y una vez instrumentalizados de farol o linterna, se acudía a la caza de los pardales que, para soportar el frío se acurrucaban entre las pajas de los techados.

Además, la lectura de los textos de Ignacio nos aproxima a territorios infantiles, a tiempos de necesidades y de familiaridad. Con frecuencia, aquellos pajarillos logrados eran la única carne que se disimulaba entre el repollo cocido. La fiesta era grande si el cabeza de familia aportaba una liebre a la dieta. Las madres hacendosas y reparadoras repartían la escasa carne con abundantes patatas en varias veces, un modo apetitoso de engañar estómagos que seguían recibiendo como ingesta principal las patatas. El olor del guiso inundaba la casa. Se rompía la monotonía de la dieta. Era una fiesta. La cabeza del bicho se reservaba para el cazador, para mi padre, quien complaciente nos daba a probar unos pocos de sesos a los hermanos. Un ritual de afectos y afinidades.

Las enseñanzas de estos y otros relatos de "Nacho" son aportaciones de alto valor etnográfico, fotos fijas de una época que nos conducen a momentos de respeto con el ecosistema, que advierten de los peligros de los herbicidas e insecticidas, de la llegada de especies exógenas al territorio y los consecuentes desequilibrios. También el autor empeña páginas en la relación con los animales domésticos, los perros. El autor cita a todos por su nombre. Relata su carácter y singularidad. Los personaliza. Son parte de su familia.

Ignacio Redondo ya nos sorprendió con otros libros de relatos, Otras historias de la Cepeda y Fauna cepedana, que si bien se centran en su pueblo, Sueros de Cepeda, son reflejo de cualquier otro de la comarca. Cada uno por sí solo podría ser prescindible, mas este corpus supone una fuente documental primaria, un referente ya obligado de consulta dado su valor memoralístico y etnográfico. Cada libro es un compendio de textos breves, pinceladas que una tras otra conforman un mural de figuras y de contenidos necesarios para reconocer una tierra con frecuencia ignorada. Este conjunto de textos, pues, son los cajones del armario de un ferretero. Cada cajoncillo posee un secreto. Ninguno por sí solo refleja la riqueza del lugar, mas abriéndolos y sonsacando lo correspondiente de cada uno, y tras otro, se figura el mural representativo de esta tierra oriunda del autor, La Cepeda.

Estimo que todo estudio descriptivo futuro necesariamente ha de pasar por la ferretería de "Nacho", ha de abrir los cajones si anhela conocer lo sucedido al menos en la segunda mitad del siglo XX, época de brega y de despoblamiento, de tránsito de modelos económicos y de relaciones sociales. La Cepeda actual, vieja y persistente, despoblada y fatigada, ya no refleja la fuerza productiva y demográfica que poseyó, pero es territorio de esfuerzo e ilusión, madre de hijos empeñados en que no fenezca, en darla a conocer, pues saben de sus riquezas soterradas que es preciso aventarlas. Gracias, pues, "Nacho". Quienes somos y sentimos a esta tierra estamos obligados necesariamente a pasar por tu ferretería.

Rogelio Blanco Martínez

 


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